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Paula Atienza

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Nonverbal behavior of interviewers influences the competence ratings of observers in recruitment interviews: a study investigating social influence using 360-degree videos with virtual reality and 2D screen displays”, de Wyssenbach, T.; Zeballos, M.; Loosli, S. y Schwaninger, A. (2020), en el que los autores estudian, utilizando la realidad virtual y vídeos en 2D, si el comportamiento no verbal del entrevistador afecta a la percepción de los observadores sobre las habilidades de los aplicantes en procesos de selección del mundo laboral.

Hoy en día, las entrevistas siguen siendo el método más utilizado en los procesos de selección de trabajadores. De hecho, lo es en todos los países.

En una encuesta llevada a cabo entre el personal de recursos humanos de empresas en Suiza, se reveló que el 99% de los sujetos incluía algún tipo de entrevista para seleccionar personal, con un 71% de entrevistas semiestructuradas.

En ellas, los entrevistadores deben juzgar las competencias del aplicante lo más objetivamente posible, guiándose por su currículum pero, cada vez más, por lo que transmite cada candidato.

Una parte esencial de la comunicación e interacción humana es no verbal, eso ya lo sabemos. La conducta no verbal tiene una enorme influencia social, afectando a nuestras actitudes y creencias.

Es por ello por lo que los autores se preguntan cómo influiría el comportamiento no verbal del entrevistador en la percepción que tendría un tercero observador de las habilidades del candidato.

Hasta ahora, esto jamás había sido estudiado, si bien sí se han dedicado esfuerzos a investigar cómo influye el comportamiento no verbal de aquellos que aplican para un trabajo.

Sabemos que existen señales no verbales que podemos clasificar como positivas o negativas, en función de si nos transmiten algo bueno o algo malo.

Señales positivas podrían ser mirar a los ojos, asentir para expresar acuerdo o sonreír. Mientras que señales negativas serían fruncir el ceño, apretar los labios o mirar de forma severa. Si bien debemos añadir que dependen mucho del contexto.

Para realizar su experimento, los autores estudian estas señales negativas y positivas. ¿Cómo?

Un total de 110 participantes fueron divididos en cuatro grupos para observar un vídeo de una entrevista de trabajo: aquellos que verían la escena con lenguaje corporal positivo a través de realidad virtual, y aquellos que verían un lenguaje corporal negativo con el mismo método; por otro lado, se encontraba un grupo que vería señales positivas en dos dimensiones y otro, de la misma forma, señales negativas.

Se hizo esta distinción entre realidad virtual y dos dimensiones para conocer cuál facilita más la inmersión, si es que hay diferencia real entre ellas.

Los participantes tenían que evaluar tres habilidades de los candidatos: comportamiento en equipo, atención al cliente y capacidad de venta.

Los resultados obtenidos van en la línea de lo esperado.

Los participantes, actuando como observadores de la entrevista, puntuaron las habilidades de comportamiento en equipo y atención al cliente de forma más alta cuando el entrevistador reaccionaba con un lenguaje corporal positivo a las respuestas del candidato, mientras que ocurría lo contrario cuando el lenguaje corporal observado era negativo.

No se observó ninguna diferencia significativa con respecto a la percepción de la capacidad de venta del candidato en función de si el lenguaje no verbal del entrevistador era positivo o negativo.

Una explicación posible para esto puede ser que los participantes se sintiesen más competentes o exigentes a la hora de calificar esta habilidad.

Estos resultados confirman el sesgo de la influencia social y, por tanto, los autores recomiendan entrenamiento y práctica en esta área. En particular, porque los procesos de selección en los que hay más de un entrevistador son cada vez más populares.

Este entrenamiento sería beneficioso porque incrementaría la consciencia de que la influencia social va de la mano con la conducta no verbal y, realmente, este es un elemento que influye nuestra conducta y nuestras percepciones.

Con respecto al uso de la realidad virtual versus los vídeos en dos dimensiones, no se observaron diferencias significativas en cuanto a la inmersión de los participantes en el estudio.

Como cualquier investigación, esta presenta limitaciones. Una de las que señalan los autores es que la información recopilada solamente examina la percepción de tres habilidades juzgadas en entrevistas semiestructuradas. Sería interesante aumentar el rango de las capacidades mencionadas y también añadir preguntas descriptivas sobre el lenguaje no verbal que los participantes están observando.

De esta forma, se alcanzarían conclusiones, seguramente interesantes y útiles, sobre otras competencias que también tienen influencia social, especialmente en el trabajo.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Body language influences on Facial Identification at Passport Control: an exploration in virtual reality”, de Tummon, H. M.; Allen, J. y Bindemann, M. (2020), en el que los autores estudian la influencia del lenguaje corporal en la identificación de las personas en los controles de los aeropuertos.

Hoy en día vivimos en un mundo globalizado, donde es posible moverse por (casi) todo el globo terráqueo sin problemas.

Por ello, es necesario identificar correctamente a las personas para llevar un registro de quiénes entran y salen de los países.

Las personas encargadas de los controles se ven obligadas a observar de forma rutinaria a un gran volumen de pasajeros, normalmente mediante documentación fotográfica, comparando la imagen del pasaporte con la persona que tienen delante.

Un problema de seguridad se presenta con los impostores y suplantadores de identidad, que viajan con documentos ilegales de alguien que se les parece e intentan no ser detectados.

Y a los autores de este artículo se les ocurrió que podían investigar esta problemática desde un enfoque que hasta ahora no se había estudiado.

Sabemos que la conducta no verbal influye en prácticamente cualquier área de la vida y las relaciones interpersonales, pero ¿también afecta a la identificación de las personas en los aeropuertos? Y si es que sí, ¿cómo?

En términos generales, ya existe alguna evidencia de que la información que transmite el cuerpo afecta a la coincidencia de identidad.

Por ejemplo, aunque el rostro es más importante en lo que a identificar a una persona se refiere, la precisión con la que esta tarea se realiza es mucho mayor si cuerpo y rostro están presentes.

Es decir, las personas son más fáciles de distinguir cuando se muestran completas, que con rostros y cuerpos aislados.

Los autores comentan las ideas preconcebidas y de sentido común que todos consideramos ciertas. Por ejemplo, que los impostores, al buscar no ser detectados, pueden traicionar su intención transmitiendo señales conductuales de ansiedad, como cambios en su postura corporal o movimientos en las extremidades.

Para investigar este asunto, los autores llevan a cabo un total de 6 experimentos, cuyos resultados explicamos al final del post.

En líneas generales, todos consistían en que los sujetos participantes identificasen, en un entorno de realidad virtual, a personas con las fotografías de sus pasaportes.

En el primer experimento se investiga si el lenguaje corporal inusual influye en la identificación de la persona con la fotografía de su pasaporte. La idea obtenida más importante fue que el nivel de actividad del lenguaje corporal pareció no influir, en primera instancia, en la identificación de la persona.

Por ello, se llevó a cabo el segundo experimento. Para investigar la posibilidad de que las diferencias de intensidad fuesen muy sutiles y por ello no se hubiesen observado diferencias. Aún así, parecía que los resultados no eran concluyentes.

Se sostuvo la posibilidad de que, al no saber los participantes que debían fijarse específicamente en el comportamiento no verbal, éste no hubiese influido en sus opiniones. Para el tercer experimento se les comentó que debían prestarle atención.

Los resultados obtenidos indicaron que aquellos avatares que exhibían un lenguaje corporal inusual tendían a ser clasificados como no concordantes con su foto del pasaporte. Sin embargo, la mayoría de los avatares cuyo comportamiento era clasificado como inusual, presentaban movimientos corporales muy vivos.

Por tanto, a los autores les surgió la pregunta de si habían sido clasificados como no concordantes con su pasaporte por simplemente haber aumentado el lenguaje corporal normal. Esto es lo que se exploró en el cuarto experimento.

En éste, los avatares con una actitud tranquila influyeron mucho menos a los participantes que aquellos con un comportamiento corporal más vivo, lo que sugiere, otra vez, que lo que más afecta para identificar a una persona con su pasaporte sería el aumento del lenguaje corporal, más que un lenguaje corporal inusual.

Para comprobar este punto, los autores llevaron a cabo el quinto experimento con únicamente dos tipos de avatares: inactivos y muy activos. Previamente había un tercer grupo de avatares con un comportamiento a medio camino entre ambos extremos, pero se suprimió para el quinto experimento.

El resultado fue que, efectivamente, parece ser que presentar un lenguaje corporal considerado inusual, como podría ser un comportamiento corporal exagerado o muy vivo, afectaría al emparejamiento de rostros y, por tanto, a la identificación de las personas con sus fotos de los pasaportes.

En el experimento final, los autores intentan investigar por qué puede surgir este sesgo de identificación.

Concluyen con que existen varias explicaciones potenciales para este efecto. Por ejemplo, podría ser que, el hecho de que apareciese un nivel alto de actividad en el lenguaje corporal de forma inesperada o inusual, distrajese a las personas de manera que no pudiesen extraer de los rostros la información visual relevante para realizar las tareas de identificación.

A pesar de todo esto, los autores señalan que parece ser que el lenguaje corporal sólo influiría decisivamente en este contexto en las personas que son conscientes de que deben fijarse en él.

Una limitación de los estudios es que, a pesar de realizar seis, los autores no consideran que se alcanzase un número de pruebas suficiente.

Por ello, resaltan que se debe ahondar en este tema para saber cómo el conocimiento del comportamiento no verbal puede ayudar a mejorar la seguridad en este tipo de controles.

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Amigos del Club de Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Nonverbal Behaviors ‘Speak’ Relational Messages of Dominance, Trust, and Composure” de Burgoon, J. K.; Wang, X.; Chen, X.; Pentland, S. J. y Dunbar, N. E. (2021), en el que los autores se preguntan cuáles son las muestras no verbales de dominancia, confianza y compostura y, además, cómo de fácilmente se pueden percibir de forma automatizada, con dispositivos tecnológicos.

Sabemos que gracias a las señales no verbales somos capaces de interpretar con mayor precisión los mensajes que recibimos en las relaciones interpersonales, así como somos capaces de emitirlos con más eficacia.

Debido a su importancia, sin ellos nuestra capacidad de comunicación se vería fuertemente mermada.

Hasta hace unos años contábamos únicamente con la capacidad humana de observación para estudiar el comportamiento no verbal, pero con el desarrollo de las nuevas tecnologías, parece que la precisión con la que se investiga este tipo de conducta podría llegar a ser más objetiva, siendo estudiada de forma más detallada.

Los autores de este artículo eligen tres rasgos de relevancia, que son la dominancia-sumisión, la compostura-nerviosismo y la confianza-desconfianza.

Además, se proponen detectarlos con la ayuda de dispositivos tecnológicos para comprobar hasta qué punto podemos confiar en la tecnología en esta materia.

Hablaremos primero de la dominancia-sumisión. La dominancia es uno de los rasgos de la personalidad y el comportamiento humano más reconocidos en las relaciones personales.

Los autores señalan algunas conductas no verbales que pueden estar relacionadas con la dominancia. Tenemos, por ejemplo, el silencio, un tono de voz bajo, un volumen alto o también velocidad de discurso rápida, en lo relacionado con la prosodia. En cuanto a la expresión facial, se observa bajar las cejas o no sonreír.

En cuanto al movimiento corporal, la contracción del cuerpo y evitar la mirada se asociaría con el extremo contrario de la dominancia, es decir, la sumisión. En las personas dominantes aparecerían posturas corporales más expansivas, con inclinaciones de cabeza hacia arriba.

Por otro lado, tenemos la compostura-nerviosismo. Generalmente, cuando aumentan los niveles de compostura o calma durante las interacciones, se obtienen mayores beneficios. Por ejemplo, en el caso de que los jefes o encargados de negocio la manifiesten, aumentará la satisfacción de los empleados.

Se cree que las personas con este rasgo de personalidad poseen un gesto facial agradable, mostrando con frecuencia emociones en su voz, siendo expresivos, hablando mucho. Tienen una postura relajada en cuerpo y cabeza y tienden a ser relajados en general.

En cuanto a sus voces, suelen tener un tono más grave, una risa contenida y relajada y un volumen de habla moderado.

Por otro lado, se considera que las personas que están nerviosas se encuentran más rígidas, tensas, evitan el contacto visual, tienen un tono de voz más alto y miran menos a los ojos.

Por último, aparece la confianza-desconfianza. Esta se expresa en relaciones interpersonales y suele aparecer en forma de reciprocidad, convergencia y sincronía en momentos en que interactúan dos o más personas. Además, parece que, en primera instancia, es complicado asociarla con comportamientos no verbales de forma objetiva.

Para realizar su estudio y saber si pueden utilizarse dispositivos electrónicos para estudiar estos estados mentales de forma objetiva y precisa, los autores diseñan un experimento.

En él participaron un total de 379 personas. Los autores utilizaron unos juegos de mesa con un cierto componente de rol, en el que los voluntarios participaban en grupos pequeños.

Estos grupos se dividían a su vez en dos, creando una rivalidad entre ellos dentro de la misma partida.

Los rostros, gestos y movimientos corporales de los participantes se medían con cámaras y micrófonos de dispositivos que cada uno de ellos tenía delante.

Posteriormente, tras ver las grabaciones de sus compañeros, se les dijo que debían puntuar a los demás participantes de su partida en las dimensiones de dominancia-sumisión, compostura-nerviosismo y confianza-desconfianza, según una lista de factores de interés.

Los resultados mostraron que la dominancia fue la asociada a más factores (101/150). La percepción de la dominancia, según los resultados, se asociaba a un volumen alto de voz, un comportamiento no verbal facial más expresivo, más movimientos de cabeza y turnos de habla de mayor duración.

Por otro lado, tenemos las señales no verbales de nerviosismo y compostura. Los autores creían en un principio que el nerviosismo sería percibido por un tono de voz aguda, pero no se obtuvieron resultados consistentes con esta idea. Sin embargo, sí confirmaron otras, como que las personas que están nerviosas tienden a tener una postura corporal más rígida.

Por último, tenemos la confianza-desconfianza. Fue la más complicada de detectar. No se encontró que ninguna expresión facial o movimiento corporal invitase a creer que se estaba ante una persona en la que se podía confiar.

Es posible que esto sea porque ninguno de los participantes se conocía y, por tanto, era muy complicado establecer una relación de confianza o desconfianza en tan poco tiempo.

En resumen, los resultados nos dicen que, si bien gracias a los dispositivos tecnológicos podemos registrar de forma objetiva el comportamiento no verbal, sigue siendo necesario contar con la ayuda de personas para ello, de forma que no se pase nada por alto.

Un avance importante de este estudio es que para el reconocimiento de los rasgos de personalidad se utilizó a grupos de personas, en lugar de hacer parejas, que viene siendo lo más común.

Los autores proponen continuar mejorando los recursos tecnológicos para poder mejorar su rendimiento y, en un futuro, utilizarlos como detectores no verbales con mayor confianza.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Pupil dilation reflects the authenticity of received nonverbal vocalizations” de Cosme, G.; Rosa, P. J.; Lima, C. F.; Tavares, V.; Scott, S.; Chen, S.; Wilcockson, T. D.; Crawford, T. y Prata, D. (2021), en el que los autores se preguntan si existe una reacción por parte del sistema nervioso autónomo cuando escuchamos vocalizaciones no verbales y juzgamos si son verdaderas o no.

La detección de la mentira es una de las áreas de estudio más controvertidas en el lenguaje no verbal.

No sólo se investigan los movimientos del cuerpo a la hora de descubrir la mentira, sino también la autenticidad de las emociones mostradas.

Y este proceso es algo que hacemos de forma voluntaria, pero también involuntaria, porque las emociones que expresamos y recibimos en las interacciones sociales son sumamente importantes para obtener información sobre el estado afectivo de las personas de las que nos rodeamos o sus intenciones.

Lo que parece un proceso sencillo, es realmente muy complejo. Decisiones como confiar o no en otro individuo son vitales para establecer vínculos. Desde un punto de vista biológico y evolutivo, marcan la diferencia entre sobrevivir o no.

Las emociones pueden expresarse con vocalizaciones no lingüísticas y aún así proporcionarnos información muy valiosa.

El llanto, por ejemplo, es una expresión emocional muy intensa de una emoción negativa. En el contexto social puede tener el propósito de buscar ayuda o, en el contexto personal, aliviar el malestar que provoca la emoción que genera el propio llanto para después tener un mejor ánimo.

En contraposición, tenemos la risa, que es una expresión de una emoción positiva y tiene un rol de mantenimiento de vínculos sociales interpersonales.

Los autores comentan que en estudios previos se ha demostrado que existen diferencias entre risas y llantos verdaderos y fingidos. Por ejemplo, los verdaderos suelen tener una mayor duración y emitir sonidos más agudos. También son menos armoniosos, con más alteraciones y estructuras poco regulares.

Por otro lado, mientras que la risa genuina se asocia con una reacción positiva a un estímulo, la risa fingida se entiende, en un contexto social, como una muestra de aprecio que puede ser falsa o con una forma educada de decir que se está de acuerdo en un ambiente formal.

El llanto genuino se asociaría a una respuesta negativa a un estímulo, mientras que el llanto fingido tiene connotaciones muy negativas, como la manipulación y la mentira.

Los autores explican que en otros trabajos se ha visto cómo interpretar la autenticidad de los estímulos recibidos es una tarea que implica un gran esfuerzo cognitivo. Es a partir de aquí cuando entra en juego la dilatación pupilar.

La dilatación pupilar se ha entendido como un medidor de la intensidad de las emociones y el esfuerzo cognitivo, y depende de la actividad del sistema nervioso autónomo.

La pupila se dilata cuando recibimos un estímulo de emociones intensas, por lo que podemos entender que las vocalizaciones no verbales, cuanto más intensas, mayor dilatación pupilar producirán. Además, la pupila se dilata con los esfuerzos cognitivos, lo que también es interesante analizar si hablamos de detectar mentiras.

Por todo lo anteriormente explicado, los autores se plantean, por primera vez, si la autenticidad de una expresión emocional induce una respuesta del sistema nervioso autónomo mientras se percibe. Esta respuesta del sistema nervioso autónomo sería la dilatación o contracción pupilar.

Para realizar su experimento, los autores parten de la hipótesis de que las vocalizaciones auténticas provocarán una mayor dilatación pupilar que las fingidas, porque son más intensas y cuanto mayor es la intensidad de la emoción, mayor es la dilatación pupilar.

Por otro lado, se preguntan si las vocalizaciones auténticas provocarían una dilatación pupilar menor porque, al entenderlas como verdaderas, se ha demostrado que, al menos con la risa, su registro supone una menor demanda cognitiva.

El estudio se realizó con un total de 28 sujetos a los que se grabó mientras escuchaban llantos y risas verdaderos y falsos.

Los resultados fueron muy interesantes, ya que por primera vez se ha demostrado que el proceso de autentificación y reconocimiento de vocalizaciones humanas, al menos en la risa y el llanto, tiene efectos en la dilatación pupilar y por tanto, el sistema nervioso automático reacciona.

Los autores observaron que las risas fingidas provocan una mayor dilatación pupilar que las auténticas. Ocurriría lo contrario con el llanto: los genuinos provocarían una dilatación mayor de la pupila que los llantos fingidos.

Estas consecuencias opuestas son explicadas por los autores de la siguiente forma.

Recordamos que trabajan con las ideas de que el esfuerzo cognitivo supone dilatación pupilar y que, es posible que ocurra lo mismo si hablamos de intensidad en las emociones escuchadas.

Los autores comentan que es posible que la razón por la que los resultados obtenidos son así, es que el proceso de discriminación de la autenticidad de la risa depende más de los esfuerzos cognitivos, mientras que en el llanto depende de la intensidad emocional que éste provocan.

Puede influir el hecho de que fingir una risa es considerado una herramienta social novedosa desde el punto de vista evolutivo, mientras que fingir el llanto tiene connotaciones muy negativas, como la manipulación. Además, el llanto genuino tiene una función biológica de alarma y provoca una intensa respuesta emocional en quien lo percibe.

Una de las limitaciones del estudio es que se puede haber perdido información acerca de la dilatación pupilar con el parpadeo. Los autores planean subsanar esto en futuras investigaciones.

Lo más importante de todo este estudio, es que efectivamente existe una respuesta pupilar y, por tanto, del sistema nervioso autónomo, cuando se trata de distinguir entre vocalizaciones humanas reales o fingidas.

Sin embargo, como es un estudio novedoso, los autores señalan la necesidad de seguir ahondando en el tema.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Expressing robot personality through talking body language”, de Zabala, U.; Rodríguez, I.; Martínez-Otzeta, J. M. y Lazkano, E. (2021), en el que los autores investigan si es posible que los robots sociales expresen emociones de forma correcta a través de su lenguaje corporal.

La robótica ha dejado de ser una invención de las películas de ciencia ficción para convertirse en una realidad que, cada día, se asienta más en nuestras vidas.

Esta semana vamos a hablar de los robots sociales. Este tipo de robots están pensados, por ejemplo, para ayudar a personas dependientes e incluso para acompañar a quienes están en situaciones de aislamiento.

Al ser robots pensados para interactuar con las personas, es muy importante que manejen los matices de la comunicación, y esto incluye tanto aspectos verbales como no verbales.

Además, deben ser capaces de expresar afecto, percibir las emociones humanas e incluso tener una cierta personalidad, de forma que puedan establecer vínculos sociales.

Es por ello por lo que los autores intentan mejorar este aspecto de la comunicación de los robots, realizando una serie de cambios en su programación y su mecánica, para coordinar con sus cuerpos lo que quieren decir o transmitir.

Dentro del lenguaje no verbal, como ya sabemos, se incluyen diferentes áreas. Tenemos gestos, posturas, movimientos del cuerpo y la cara, entre otros. Por lo tanto, vemos que hacer que un robot asemeje su lenguaje corporal al humano no es una tarea sencilla.

Los autores realizan una serie de cambios en el robot escogido para lograr su propósito.

Por un lado, tenemos la importancia de los movimientos corporales. Es necesario que éstos estén coordinados con las palabras de la máquina. Para ello, los autores adaptan la velocidad de los movimientos según la emoción que sería coherente transmitir con el discurso del robot.

Por ejemplo, si la emoción es entendida como positiva, los gestos se realizarán de forma más viva y dinámica que si es entendida como negativa o incluso neutral.

Los autores también modificaron los movimientos de cabeza del robot. Cuando una emoción neutral se muestra, el robot simplemente mira al frente. Si la emoción es positiva, levantará la cabeza; si es negativa, la inclinará hacia abajo.

Lo mismo ocurriría con la parte del torso, que se inclinaría hacia abajo en un contexto negativo, hacia arriba en uno positivo y se mantendría algo más recto en uno neutral.

Sabemos que también es muy importante la expresión facial. En el caso de los robots como el utilizado para el estudio, la expresión facial manipulable por los programadores se reduce a los ojos.

Los autores decidieron instalar unas luces LED en los ojos del robot y programarlas de diferentes maneras. La idea era que la intensidad del color fuese cambiando en función de la intensidad de la emoción que el robot quiere transmitir.

Por tanto, existía un color con dos intensidades diferentes para cada uno de los tres tipos de emociones. Las emociones negativas fueron asociadas al azul; gris para las emociones neutrales y amarillo para las emociones positivas.

La prosodia o paralenguaje también era un área que los autores debían explorar. Las personas modulan la entonación de sus voces según el contexto y también añaden o restan énfasis a sus discursos. Además, la entonación también se relaciona con el estado de ánimo del hablante.

Una limitación del robot, y por tanto también del estudio, es que no se puede variar la entonación de su voz. Sin embargo, sí podían programarse otros aspectos, como el volumen o la velocidad del habla.

Para comprobar si con los cambios realizados en el robot se obtenían los resultados deseados, los autores realizaron dos pruebas.

Primero, hicieron que el robot leyese una definición de Wikipedia, manipulando su funcionamiento para que su lenguaje corporal pasase por los tres tipos de emociones propuestos: negativas, neutrales y positivas.

Después, el robot leyó unos pasajes de un libro y los autores intentaron adecuar su lenguaje corporal a los sucesos de éste. Por ejemplo, si había escenas tristes, el robot mostraría emociones negativas; ocurriría lo mismo con las escenas felices y las emociones positivas.

Los autores consideraron sus experimentos todo un éxito, ya que con los ajustes configurados se entendía que el robot estaba transmitiendo sentir uno u otro tipo de emociones según su lenguaje corporal.

De esta forma, se facilita la creación de una personalidad aproximada para el robot, lo que también hace más sencillo establecer relaciones o vínculos con las personas.

Una limitación de esta investigación es que los autores consiguieron que el robot reaccionase con “emociones” pero únicamente al emitir discursos largos o al escuchar durante unos segundos lo que se le dice. Es decir, no reacciona con tanto éxito ante frases sutiles o cortas.

Los autores señalan que poco a poco irán perfeccionando las limitaciones que se encontraron. Además, comentan que es necesaria una evaluación en público y ante personas que no pertenecen al grupo de autores.

De esta forma, se sabría definitivamente si se ha conseguido que el robot transmita emociones con su comportamiento, tanto verbal como no verbal, de forma que sea más sencillo establecer relaciones sociales.

Además, también se buscaba emular el comportamiento humano, por lo que se puede considerar un objetivo conseguido si los resultados ante el público también son positivos.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Physical distancing and the perception of interpersonal distance in the Covid-19 crisis” de Welsch, R.; Wessels, M.; Bernhard, C.; Thönes, S. y von Castell, C. (2021), en el que los autores investigan si existen variaciones en la percepción de la distancia interpersonal con motivo de la crisis de la Covid-19 y, en general, cómo ha afectado a la proxémica social.

La pandemia de la Covid-19 ha creado la necesidad de implantar rápidamente medidas de prevención para frenar el contagio de la enfermedad.

Una de ellas ha sido el distanciamiento social, ya que la frecuencia de los contagios aumenta en las interacciones cara a cara.

Se ha demostrado que esta medida reduce el riesgo de reproducción del virus un 38% aproximadamente, por lo que se considera efectiva.

Para hablar de este tema, primero necesitamos explicar las medidas proxémicas más conocidas y utilizadas.

Existe la distancia íntima que se comparte sólo con las personas de un entorno más cercano y es de 0 a 45 centímetros.

Después, tenemos el espacio personal, en el que se encontrarían las amistades o compañeros de trabajo cercanos, entre 45 y 120 centímetros.

Para interactuar con extraños, solemos guardar la llamada distancia social, entre 120 y 365 centímetros.

Y, por último, estaría la distancia o espacio público, que guardamos con las personas desconocidas que nos cruzamos por la calle o en lugares muy abiertos, entre 365 y 762 centímetros.

Los autores manejan varias hipótesis en el artículo.

La primera de ellas es si la nueva y necesaria distancia física ha cambiado la norma social y, por tanto, ha incrementado con la crisis de la Covid-19.

La segunda es si la exposición a situaciones de aislamiento, como el confinamiento, también ha hecho aumentar las preferencias de distancia social.

Por último, se preguntan si los efectos de estas dos situaciones persisten después de los momentos de crisis más intensos y son observables una vez estos han pasado.

Para ello, los autores llevaron a cabo una encuesta con una muestra de 186 personas de nacionalidad alemana, uno de los países europeos que más ha sufrido las consecuencias de la pandemia.

La encuesta comenzó a realizarse una semana después del comienzo del primer confinamiento en Alemania, cuando se impuso que la distancia social debía ser entre 150 y 200 centímetros.

Las preguntas de la encuesta se centraban en la percepción de los participantes antes, durante y después de la pandemia con respecto a la proxémica interpersonal.

Los participantes refirieron mantener, como norma y de media, una distancia aproximada de 172 centímetros, lo cual, durante la pandemia, es una distancia adecuada.

Al calcular la diferencia entre las distancias interpersonales antes y después de la pandemia, y la distancia interpersonal durante ella, los resultados mostraron tan solo 6 centímetros entre unas y otra, por lo que, en principio, se confirmaría la primera hipótesis que los autores proponen.

Parece ser que, a finales de 2020, los participantes refirieron preferir mantener unas distancias mayores que antes de sufrir los efectos de la pandemia. Esto, además de volver a confirmar las hipótesis de los autores, también pone de manifiesto lo sencillo que ha sido para las personas adaptarse a las nuevas normas de prevención en cuanto a proxémica se refiere.

Se sugiere que influyen factores como el riesgo personal percibido de contagiarse, lo cual es coherente con la situación de crisis sanitaria vivida.

También parece ser que existe una incomodidad importante cuando se reducen aproximadamente 10 centímetros o más las distancias interpersonales.

Y, además, con los resultados obtenidos, los autores consideran que con posterioridad a la pandemia estas costumbres están manteniéndose en el tiempo y las personas prefieren guardar la distancia de seguridad recomendada por las autoridades sanitarias en los peores momentos de la crisis.

Por tanto, las hipótesis propuestas por los autores son coherentes con los resultados obtenidos.

Como cualquier estudio, existen unas limitaciones que han de ser consideradas. Por ejemplo, que la muestra no es representativa de toda la población alemana, ya que la gran mayoría eran estudiantes universitarios y la edad media de los participantes era de 30 años.

Las futuras investigaciones, señalan los autores, deberían ir en la línea de subsanar esta y otras limitaciones que aparecen en el artículo. Además, sería muy interesante estudiar el porqué exactamente se sigue prefiriendo, aun cuando la pandemia no está en su punto más álgido, la distancia de seguridad que se recomendaba a principios de esta.

Si quieres saber más sobre el comportamiento no verbal y cómo influye en con las relaciones interpersonales, visita nuestro Máster en Comportamiento No Verbal y Detección de la Mentira o nuestro Experto Universitario en Comunicación No Verbal y Personalidad, con becas especiales para los lectores del Club del Lenguaje no Verbal.

Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Sitting in judgment: How Body Posture Influences Deception Detection and Gazing Behavior”, de Zloteanu, M.; Krumhuber, E. G. y Richardson, D. C. (2021), en el que los autores estudian si cambiar la postura corporal afecta a la habilidad de las personas de percibir e interpretar el comportamiento de los demás.

Un campo de estudio muy popular dentro de la comunicación no verbal es la detección del engaño.

La realidad es que, aunque nos creamos muy buenos para ello, somos bastante malos. Nuestras probabilidades de acierto están en torno al azar, aunque tengamos ciertos estudios destinados a detectar la mentira. Y, además, tendemos a considerar como verdad lo que se nos cuenta.

Investigaciones recientes citadas en el artículo, han demostrado que los cambios de postura parecen tener efectos sistemáticos y causales en cómo vemos el mundo y cómo nos vemos a nosotros mismos. Un ejemplo de esto sería el “power-posing” que se ha venido dando a conocer en los últimos años.

Entonces, si existen estudios que corroboran que mantener una postura en concreto durante determinado tiempo puede hacernos sentir más seguros y poderosos, ¿podrá también la postura hacernos mejores o peores detectores de mentiras?

Este es el interrogante que se plantean los autores del artículo, y el motivo por el cual creen que la investigación es tan importante.

Las posturas transmiten mucha información en lenguaje no verbal, por ejemplo, amistad u hostilidad. Afectan a cómo somos percibidos, cómo percibimos nosotros y cómo interpretamos información. Incluso tienen efectos a nivel cognitivo y de memoria, según algunas investigaciones.

Los autores se preguntan cuáles son las diferencias que aparecerían en nuestra capacidad de detectar mentiras según si adoptamos una postura de apertura o de cierre cuando observamos al objetivo a analizar.

Pero ¿qué es una postura de apertura o cierre?

Tradicionalmente se ha venido entendiendo como postura de apertura, por ejemplo, sentarse con los brazos y piernas descruzados, con el cuerpo ligeramente reclinado. Básicamente, sería una postura con la que transmitimos tranquilidad e interés por la interacción.

Por otro lado, una postura de cierre sería una en la que nos sentamos con brazos y piernas cruzados, con el cuerpo rígido. Sería una postura que adoptaríamos cuando nos sentimos amenazados, incómodos o aburridos; en definitiva, no habría interés por la interacción.

La hipótesis de la que parten los autores y que pretenden comprobar con sus estudios es la siguiente: si la postura influye en los encuentros sociales, aquellos “jueces” (entendiendo por jueces a las personas que deben descubrir si alguien está mintiendo o no) que adopten una postura abierta deberían prestar mayor atención a la información no verbal e integrarla de forma óptima en los juicios sobre veracidad que deban hacer.

¿Ocurrirá tal y como los autores esperan?

Para responder a esto realizaron dos estudios. El primero de ellos tenía como objetivo saber si adoptar una postura de apertura o cierre influye en los juicios sobre el engaño. El segundo, introduce la variable de la mirada, para saber a qué lugares se dirige según tengamos una u otra postura.

A los participantes de ambos estudios se les hizo visionar un total de 12 vídeos, en 6 de ellos la persona que aparecía estaba mintiendo y en los otros 6, decía la verdad.

Los sujetos fueron instruidos brevemente acerca de las microexpresiones faciales que se identifican con cada una de las emociones básicas y además, realizaron un test sobre empatía, ya que como sabemos, este es un elemento importante a la hora de inferir emociones.

Tras el primer estudio, parece ser que adoptar una postura de apertura resulta en una mayor discriminación entre verdades y mentiras, comparado con adoptar posturas de cierre. Este efecto era más visible cuando la persona en cuestión tenía unos niveles más altos de empatía.

En el segundo estudio, cuando las personas adoptaban posturas de apertura, parece que no miraban tanto a las manos como las personas que adoptaban posturas de cierre. En general, con posturas de apertura se les prestaba menos atención a los canales de comunicación no verbal, en contra de lo que en principio podría parecernos lógico.

La explicación que encuentran los autores para este último dato es que quizá, cuando la gente adopta posturas de apertura, le dedica más recursos a procesar información social. De esta forma, la postura podría afectar a cómo los jueces procesan la información que les llega, pero no a cómo inspeccionan a sus objetivos.

Como suele pasar, siempre hay alguna limitación en el estudio que se debe mencionar. Por ejemplo, no se midió la capacidad de cada sujeto para reconocer las emociones que mostraban las personas de los vídeos. Por otro lado, tampoco se estudiaron posibles sesgos de género.

Los autores recomiendan que las investigaciones futuras subsanen estos puntos para obtener resultados más prometedores. Además, señalan la importancia de continuar investigando esta área de aplicación del lenguaje no verbal. Porque a todos nos interesa reconocer cuándo nos mienten y cuándo no, ¿verdad?

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Can I have your number? Men’s perceived effectiveness of pick-up lines used by women”, de Fisher, L. M.; Coughlin, S. y Wade, T. J. (2020), en el que los autores se preguntan cuáles de las frases que utilizan las mujeres para flirtear con hombres son las más efectivas, según la opinión de estos.

Uno de los ámbitos en los que el conocimiento del lenguaje y la conducta no verbales es más interesante es en el del coqueteo.

Tanto a hombres como mujeres les preocupa cómo son percibidos por el sexo que les interesa, y no son pocos aquellos que intentan trabajar para mejorarlo. De hecho, estamos seguros de que prácticamente todos hemos llevado a cabo alguna estrategia para ser más atractivos al ojo de nuestro objetivo amoroso o sexual.

Y uno de los puntos más interesantes de la conducta no verbal aplicada al flirteo, es cómo se inician las conversaciones de este tipo. ¿Qué aproximación nos asegurará el éxito? ¿Cuál debemos evitar a toda costa?

La mayoría de estudios hasta ahora se centraban en cómo los hombres heterosexuales usaban estas primeras palabras, del primer encuentro, para impresionar a las mujeres. Por ello, los autores deciden realizar su experimento enfocándose en lo contrario, en la otra parte: las mujeres percibidas por los hombres.

De todas las clasificaciones de estas primeras palabras, la que utilizan los autores a lo largo del artículo es: las líneas directas (por ejemplo: “Me pareces guapo, ¿me das tu número?”), las líneas inocuas (“¿Me recomiendas una bebida?”), y las líneas divertidas o poco serias (“¿Te puedo hacer una foto para enseñarle a Santa Claus lo que quiero por Navidad?”).

Generalmente, las mujeres son más receptivas a líneas inocuas, seguidas de líneas directas. Por lo contrario, las que menos les gustarían son las líneas divertidas o poco serias. Se sugiere que sea porque las mujeres perciben estas últimas como típicas de personas poco inteligentes y que no son dignas de confianza.

Los hombres, por otro lado, y según investigaciones anteriores, serían más receptivos a líneas directas, seguidas de las divertidas o poco serias; sintiéndose menos atraídos por las inocuas. Es posible que esto suceda porque estas últimas no expresan de forma explícita el coqueteo.

Sin embargo, los estudios hasta el momento se han centrado históricamente en estas primeras palabras y no han tenido en cuenta la apariencia de la persona que las pronunciaba. Por ello, los autores han decidido hacer una aproximación teniendo en cuenta lo atractiva y promiscua que es la persona para el observador.

Las hipótesis que se plantean los autores son dos. En primer lugar, si las mujeres que usan líneas directas serían percibidas como las más efectivas en el contexto del coqueteo. En segundo lugar, si sería más importante para los hombres el considerar a las mujeres atractivas y promiscuas, antes que las palabras que utilizan para coquetear con ellos por primera vez.

Para comprobar estas hipótesis realizan dos estudios piloto que les sirven para recabar información y realizar su experimento principal.

El primero de estos estudios sirvió para asegurarse de que las mujeres utilizan unas primeras palabras para acercarse a los hombres con los que quieren coquetear y cuáles son. Se llevó a cabo planteándoles a un grupo de mujeres una situación hipotética en la que tienen que pensar qué decirle a un hombre con quien pretenden flirtear en un bar. Se obtuvieron una serie de frases que posteriormente, serían utilizadas en el experimento principal.

El segundo experimento piloto, sirvió para determinar qué fotografías se utilizarían para el experimento. A los participantes (todos masculinos) se les mostraron una serie de fotografías de mujeres y se les pidió que las clasificasen según lo atractivas y promiscuas que les parecían. Con los resultados obtenidos, los autores seleccionaron doce de estas imágenes; tres en cada una de las cuatro categorías siguientes: percibidas como muy atractivas y promiscuas, percibidas como muy atractivas y no promiscuas, poco atractivas y promiscuas, y ni atractivas ni promiscuas.

En el experimento principal participaron 130 hombres heterosexuales a los que se les presentó un cuestionario con las doce imágenes seleccionadas, clasificadas en cuatro categorías mencionadas en el segundo experimento piloto, cada categoría con tres fotografías. Además, a cada una de estas imágenes se le asignó un tipo de palabras utilizadas para iniciar los primeros encuentros: directas, inocuas y divertidas o poco serias.

Se les propuso una situación hipotética, en la que debían decir cuál creían que era la eficacia de cada una de las doce mujeres de las fotografías a la hora de flirtear con un hombre heterosexual, teniendo en cuenta también su atractivo y cómo de promiscuas parecían estas mujeres a ojos de los participantes.

Los resultados obtenidos sugieren que los hombres prefieren las líneas directas antes que las divertidas o las inocuas (estas serían las que menos les gustarían).

Además, el atractivo juega un papel muy importante en la efectividad de estas primeras palabras, más que la promiscuidad percibida.

Las mujeres con una alta promiscuidad y un gran atractivo percibidos obtuvieron la mayor puntuación de eficacia en el experimento.

Es decir, se confirmarían las hipótesis que se plantearon los autores al comienzo del artículo.

Las líneas divertidas o poco serias merecen especial atención porque los resultados con respecto a ellas son ligeramente contradictorios.

Por ejemplo, los resultados de las investigaciones previas sugieren que las mujeres prefieren hombres divertidos con un gran sentido del humor, inteligentes y creativos. Esto nos haría pensar que las líneas divertidas o poco serias deberían ser las favoritas de las mujeres, cuando es justo lo contrario.

Con respecto a los hombres, no tendrían preferencias especiales hacia las mujeres más divertidas, sino que preferirían mujeres que disfruten con su sentido del humor. Esto sugeriría que los hombres serían menos receptivos ante las líneas divertidas o poco serias, cuando la realidad parece ser que, si bien no son sus favoritas, las prefieren antes que las líneas inocuas.

Existen limitaciones en este estudio, como que las mujeres de las fotografías eran todas modelos y por tanto no representaban el grueso de la sociedad femenina. Por otro lado, el experimento consistió en cuestionarios sobre situaciones hipotéticas, que difieren de las conversaciones reales donde otros elementos, como la prosodia, cobran especial importancia.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Clothes make the leader! How leaders can use attire to impact followers’ perceptions of carisma and approval”, de Maran, T.; Liegl, S.; Moder, S.; Kraus, S. y Furtner, M. (2021), en el cual los autores investigan cómo la vestimenta impacta en la percepción que las personas tienen de un líder.

Existen numerosos ejemplos de líderes que, a propósito, han elegido su vestimenta para modificar la forma en que eran percibidos.

Por ejemplo, el ex presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, apareció varias veces con un sombrero de cowboy. Steve Jobs, fundador de Apple, hacía la gran mayoría de sus apariciones públicas en sneakers, pantalones sencillos y jersey. Es decir, se las arreglaban para romper con las expectativas. En cierto modo, manipulaban la percepción del espectador.

Y esto lo vemos no sólo en presidentes o importantes líderes de empresas multimillonarias, sino también en gestos más sencillos y en la vida diaria. Por ejemplo, en el interés de los individuos por comprar ropa o accesorios de lujo que sirvan para distinguirlos de los demás, señalando su buena posición económica. Es decir, utilizamos estos elementos para destacar.

Entonces, si vemos que le damos importancia a la ropa como herramienta de manipulación de nuestra imagen, ¿cómo afectará esto en nuestro entorno laboral?

En concreto, los autores se preguntan: ¿qué hace que a una persona se la perciba como un líder carismático, aprobado por los demás?

Hasta ahora, las investigaciones sugerían que, si una persona deseaba ser percibida como un líder prototipo y ganarse la consideración de ser alguien en quien se puede confiar, inteligente y competente, debía vestirse de manera formal, por ejemplo, con un traje.

Y aquí nace la primera pregunta que se plantean los autores de este estudio: ¿vestir de manera formal hace, efectivamente, que una persona parezca un líder prototipo?

Los autores se plantean otras cuestiones. Por ejemplo, creen que un líder que se viste de forma no convencional en una organización con una idiosincrasia concreta creará un contraste a los ojos de los empleados que resultará en mayor atención. Es decir, destacará.

Esto hará que sea percibido como alguien más carismático, y ya sabemos que el carisma es una virtud importantísima para la vida en general y los negocios en particular.

Por ello, los autores se hacen dos preguntas más: ¿si un líder se viste de forma opuesta a la cultura organizacional de la empresa, será percibido como más carismático?, y con respecto a la aprobación de los empleados, ¿la obtendrá?

Los autores realizan una serie de estudios que les ayudan a obtener respuestas que arrojan luz a estas preguntas que se plantean. Los que nos interesan son los dos primeros de estos experimentos, ya que se dedican a responder a las hipótesis que nos ocupan.

En ellos, a los individuos que participaron se les presentaron imágenes de líderes de empresas seleccionados de la lista Fortune 100. Posteriormente, sus atuendos fueron cambiando a gusto de los organizadores del estudio, y los participantes respondieron preguntas sobre las características que percibían de estas personas.

En primer lugar, se encontraron evidencias que apoyaban la idea de que la ropa del líder influencia cómo éste es percibido por sus empleados.

La primera de las preguntas planteadas por los autores también fue confirmada. Es decir, los empleados perciben a su líder como un líder prototípico si viste de manera formal y arreglada, aunque no necesariamente lo concebirían como alguien carismático o lo aprobarían. Es decir, si pensamos en un líder prototipo, la mayoría de nosotros nos imaginaríamos a una persona sentada tras una gran mesa vistiendo un traje.

Además, también se obtuvieron respuestas para las otras hipótesis: parece ser, que un líder sería considerado más carismático por sus empleados y, por tanto, obtendría una mayor aprobación, cuando se visten de manera informal en el contexto de una empresa con una cultura orientada al control, y cuando se visten de manera formal en una empresa con una cultura orientada a la flexibilidad.

Es decir, cuando en una empresa cuya idiosincrasia está orientada al control con un código de vestimenta formal, podemos percibir a alguien que viste informal como un ignorante. Y en una empresa con una cultura orientada a la flexibilidad y un código de vestimenta informal, es posible que consideremos intolerante o cerrado a alguien que se viste de manera formal.

Pero a pesar de estos prejuicios, estas personas que van a contracorriente comunicarían no sentir miedo de perder su posición en la empresa; nos dirían con su aspecto que se pueden permitir los costes sociales de desviarse de la norma. Es un mensaje similar al que emitimos cuando nos compramos ropa o accesorios de lujo: nos distinguimos del resto. Estas personas se atreverían a hacer lo que otros no se atreven, y actuando de esta forma serían el centro de atención.

Esto funcionaría como una señal de carisma, porque indicaría la presencia de una habilidad extraordinaria en estas personas que les permitiría desviarse del código de vestimenta impuesto.

Entre las limitaciones que existen en este estudio, los autores señalan la necesidad de explorar otros aspectos no verbales, como la proyección vocal o las expresiones faciales, en el contexto del liderazgo empresarial. Otra limitación sería la inexistencia de mujeres líderes en la lista Fortune 100, utilizada para la realización de los estudios.

Los autores señalan la utilidad de estos estudios para sacar más provecho a la capacidad de liderazgo de las personas al mando de una organización y mejorar cómo son percibidos por sus empleados.

Si quieres saber más sobre el comportamiento no verbal y cómo influye en con las relaciones interpersonales, visita nuestro Máster en Comportamiento No Verbal y Detección de la Mentira o nuestro Experto Universitario en Comunicación No Verbal y Personalidad, con becas especiales para los lectores del Club del Lenguaje no Verbal.

Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “The Influence of Face Gaze by Physicians on Patient Trust: an Observational Study” de Jongerius, C.; Twisk, J. W. R.; Romijn, J. A.; Callemein, T.; Goedemé, T.; Smets, E. M. A. y Hillen, M. A. (2021), en el que los autores se preguntan si el hecho de que el médico mire a la cara al paciente influye positiva o negativamente en la confianza para con este.  

La mirada es un elemento muy importante en la comunicación no verbal. Entre otras cosas, sirve para transmitir información sobre cómo nos sentimos, si estamos prestando atención a lo que nos cuentan, e incluso la utilizamos para dirigir de forma directa una conversación.

Si la consideramos tan importante en las relaciones con los demás, tanto lo será también en la consulta del médico, que no deja de ser un encuentro social.

Por ejemplo, se sabe que los pacientes siguen la mirada de los médicos cuando éstos consultan el ordenador. Además, la mirada del médico hacia el paciente parece promover un mayor compromiso del paciente para tomar su medicación.

Por lo contrario, se ha relacionado una reducción de la confianza hacia el médico con el hecho de que este no mire directamente al paciente.

¿Por qué es importante dedicar investigaciones a este tema?

Principalmente, porque cada vez es más común la utilización de la tecnología como método para sustituir encuentros presenciales, incluso las consultas médicas. Y si los medios electrónicos reducen el contacto visual entre médico y paciente, se plantea la posibilidad de que haya efectos negativos sobre la relación de confianza entre ambos.

Pero, además, aparece otra cuestión. En los últimos años se ha observado un aumento de trastornos mentales, tales como la depresión y la ansiedad. Por ello, a los autores les interesa dar unas pinceladas sobre cómo el contacto visual entre médico y paciente afectaría a personas con ansiedad social, que ocupa el puesto de la tercera enfermedad mental más común.

Para estudiar los efectos de la mirada a la cara médico-paciente, los autores llevaron a cabo un estudio en el que 16 médicos pasaron consulta a un centenar de personas. Estos médicos llevaban unas gafas especialmente preparadas para medir los movimientos de sus ojos, así como la dirección a la que apuntan.

Después de la consulta, los pacientes realizaron una serie de cuestionaros para medir la confianza en el médico y el nivel de empatía percibido. También se les hizo un test para saber si sufrían de ansiedad social o no. Además, tanto antes como después de la consulta se les pasó un último cuestionario para medir sus niveles de angustia y comprobar si habían mejorado o empeorado tras el encuentro con el médico.

Los resultados, sorprendentemente, fueron lo opuesto de lo esperado.

En el experimento realizado, cuanta más mirada del médico a la cara del paciente hay, menor es la confianza de este último hacia él.

Además, no se encuentra una relación entre la mirada del médico a la cara del paciente y la percepción que tiene el paciente sobre la empatía del médico. Lo mismo ocurriría para la variable de la angustia sentida por el paciente antes y después de la consulta.

Parece ser que la ansiedad social no es un factor lo suficientemente relevante como para arrojar información significativa al estudio, pero los autores señalan que los pacientes no obtuvieron resultados muy altos en el cuestionario de ansiedad social, por lo que es posible que se deba investigar más a fondo en pacientes con este trastorno diagnosticado.

A los autores les resultan chocantes estos resultados, al igual que a la mayoría de nosotros. En la creencia popular, está presente la idea de que cuando un médico mira a la cara su paciente se estrecha el vínculo entre ambos y la relación es mejor.

Y así lo confirmaban investigaciones previas. Sin embargo, estos estudios medían las miradas utilizando metodologías menos objetivas, como la simple observación de grabaciones.

Una de las hipótesis que lanzan los autores para explicar estos resultados, es el llamado “efecto del contacto visual”.

Es decir, que cuando nos sentimos observados aparecen respuestas neuroconductuales y de procesamiento cognitivo. Por ejemplo, una mayor autoconciencia corporal y dificultad para realizar tareas cognitivas. Dicho de otra manera, cuando nos damos cuenta de que el médico nos mira, aparece un cierto nivel de estrés que podría reducir la confianza puesta en él si nos sentimos demasiado observados.

En el estudio existen limitaciones, como la ya mencionada sobre la ansiedad social. Otra sería la posibilidad de que los resultados estén sesgados porque los médicos eran conscientes de que estaban siendo observados. También se debe mencionar que los autores no midieron los movimientos de los ojos de los pacientes para no condicionarlos. Sin embargo, es posible que se deban medir en futuros experimentos, ya que las miradas en una conversación dependen de todas las personas que intervienen en ella.

Los resultados de este experimento van en contra de la opinión general tanto de la sociedad en general como de la comunidad científica en particular, que creía que la mirada del médico hacia el paciente era, sin duda, beneficiosa para este último y para mejorar la relación y la confianza entre ambos.

Sin embargo, los autores señalan la necesidad de ahondar en esta cuestión realizando estudios que subsanen las limitaciones mencionadas en el suyo, y así se puedan utilizar las conclusiones para mejorar la relación entre médico y paciente.

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