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Paula Atienza

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Can I have your number? Men’s perceived effectiveness of pick-up lines used by women”, de Fisher, L. M.; Coughlin, S. y Wade, T. J. (2020), en el que los autores se preguntan cuáles de las frases que utilizan las mujeres para flirtear con hombres son las más efectivas, según la opinión de estos.

Uno de los ámbitos en los que el conocimiento del lenguaje y la conducta no verbales es más interesante es en el del coqueteo.

Tanto a hombres como mujeres les preocupa cómo son percibidos por el sexo que les interesa, y no son pocos aquellos que intentan trabajar para mejorarlo. De hecho, estamos seguros de que prácticamente todos hemos llevado a cabo alguna estrategia para ser más atractivos al ojo de nuestro objetivo amoroso o sexual.

Y uno de los puntos más interesantes de la conducta no verbal aplicada al flirteo, es cómo se inician las conversaciones de este tipo. ¿Qué aproximación nos asegurará el éxito? ¿Cuál debemos evitar a toda costa?

La mayoría de estudios hasta ahora se centraban en cómo los hombres heterosexuales usaban estas primeras palabras, del primer encuentro, para impresionar a las mujeres. Por ello, los autores deciden realizar su experimento enfocándose en lo contrario, en la otra parte: las mujeres percibidas por los hombres.

De todas las clasificaciones de estas primeras palabras, la que utilizan los autores a lo largo del artículo es: las líneas directas (por ejemplo: “Me pareces guapo, ¿me das tu número?”), las líneas inocuas (“¿Me recomiendas una bebida?”), y las líneas divertidas o poco serias (“¿Te puedo hacer una foto para enseñarle a Santa Claus lo que quiero por Navidad?”).

Generalmente, las mujeres son más receptivas a líneas inocuas, seguidas de líneas directas. Por lo contrario, las que menos les gustarían son las líneas divertidas o poco serias. Se sugiere que sea porque las mujeres perciben estas últimas como típicas de personas poco inteligentes y que no son dignas de confianza.

Los hombres, por otro lado, y según investigaciones anteriores, serían más receptivos a líneas directas, seguidas de las divertidas o poco serias; sintiéndose menos atraídos por las inocuas. Es posible que esto suceda porque estas últimas no expresan de forma explícita el coqueteo.

Sin embargo, los estudios hasta el momento se han centrado históricamente en estas primeras palabras y no han tenido en cuenta la apariencia de la persona que las pronunciaba. Por ello, los autores han decidido hacer una aproximación teniendo en cuenta lo atractiva y promiscua que es la persona para el observador.

Las hipótesis que se plantean los autores son dos. En primer lugar, si las mujeres que usan líneas directas serían percibidas como las más efectivas en el contexto del coqueteo. En segundo lugar, si sería más importante para los hombres el considerar a las mujeres atractivas y promiscuas, antes que las palabras que utilizan para coquetear con ellos por primera vez.

Para comprobar estas hipótesis realizan dos estudios piloto que les sirven para recabar información y realizar su experimento principal.

El primero de estos estudios sirvió para asegurarse de que las mujeres utilizan unas primeras palabras para acercarse a los hombres con los que quieren coquetear y cuáles son. Se llevó a cabo planteándoles a un grupo de mujeres una situación hipotética en la que tienen que pensar qué decirle a un hombre con quien pretenden flirtear en un bar. Se obtuvieron una serie de frases que posteriormente, serían utilizadas en el experimento principal.

El segundo experimento piloto, sirvió para determinar qué fotografías se utilizarían para el experimento. A los participantes (todos masculinos) se les mostraron una serie de fotografías de mujeres y se les pidió que las clasificasen según lo atractivas y promiscuas que les parecían. Con los resultados obtenidos, los autores seleccionaron doce de estas imágenes; tres en cada una de las cuatro categorías siguientes: percibidas como muy atractivas y promiscuas, percibidas como muy atractivas y no promiscuas, poco atractivas y promiscuas, y ni atractivas ni promiscuas.

En el experimento principal participaron 130 hombres heterosexuales a los que se les presentó un cuestionario con las doce imágenes seleccionadas, clasificadas en cuatro categorías mencionadas en el segundo experimento piloto, cada categoría con tres fotografías. Además, a cada una de estas imágenes se le asignó un tipo de palabras utilizadas para iniciar los primeros encuentros: directas, inocuas y divertidas o poco serias.

Se les propuso una situación hipotética, en la que debían decir cuál creían que era la eficacia de cada una de las doce mujeres de las fotografías a la hora de flirtear con un hombre heterosexual, teniendo en cuenta también su atractivo y cómo de promiscuas parecían estas mujeres a ojos de los participantes.

Los resultados obtenidos sugieren que los hombres prefieren las líneas directas antes que las divertidas o las inocuas (estas serían las que menos les gustarían).

Además, el atractivo juega un papel muy importante en la efectividad de estas primeras palabras, más que la promiscuidad percibida.

Las mujeres con una alta promiscuidad y un gran atractivo percibidos obtuvieron la mayor puntuación de eficacia en el experimento.

Es decir, se confirmarían las hipótesis que se plantearon los autores al comienzo del artículo.

Las líneas divertidas o poco serias merecen especial atención porque los resultados con respecto a ellas son ligeramente contradictorios.

Por ejemplo, los resultados de las investigaciones previas sugieren que las mujeres prefieren hombres divertidos con un gran sentido del humor, inteligentes y creativos. Esto nos haría pensar que las líneas divertidas o poco serias deberían ser las favoritas de las mujeres, cuando es justo lo contrario.

Con respecto a los hombres, no tendrían preferencias especiales hacia las mujeres más divertidas, sino que preferirían mujeres que disfruten con su sentido del humor. Esto sugeriría que los hombres serían menos receptivos ante las líneas divertidas o poco serias, cuando la realidad parece ser que, si bien no son sus favoritas, las prefieren antes que las líneas inocuas.

Existen limitaciones en este estudio, como que las mujeres de las fotografías eran todas modelos y por tanto no representaban el grueso de la sociedad femenina. Por otro lado, el experimento consistió en cuestionarios sobre situaciones hipotéticas, que difieren de las conversaciones reales donde otros elementos, como la prosodia, cobran especial importancia.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Clothes make the leader! How leaders can use attire to impact followers’ perceptions of carisma and approval”, de Maran, T.; Liegl, S.; Moder, S.; Kraus, S. y Furtner, M. (2021), en el cual los autores investigan cómo la vestimenta impacta en la percepción que las personas tienen de un líder.

Existen numerosos ejemplos de líderes que, a propósito, han elegido su vestimenta para modificar la forma en que eran percibidos.

Por ejemplo, el ex presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, apareció varias veces con un sombrero de cowboy. Steve Jobs, fundador de Apple, hacía la gran mayoría de sus apariciones públicas en sneakers, pantalones sencillos y jersey. Es decir, se las arreglaban para romper con las expectativas. En cierto modo, manipulaban la percepción del espectador.

Y esto lo vemos no sólo en presidentes o importantes líderes de empresas multimillonarias, sino también en gestos más sencillos y en la vida diaria. Por ejemplo, en el interés de los individuos por comprar ropa o accesorios de lujo que sirvan para distinguirlos de los demás, señalando su buena posición económica. Es decir, utilizamos estos elementos para destacar.

Entonces, si vemos que le damos importancia a la ropa como herramienta de manipulación de nuestra imagen, ¿cómo afectará esto en nuestro entorno laboral?

En concreto, los autores se preguntan: ¿qué hace que a una persona se la perciba como un líder carismático, aprobado por los demás?

Hasta ahora, las investigaciones sugerían que, si una persona deseaba ser percibida como un líder prototipo y ganarse la consideración de ser alguien en quien se puede confiar, inteligente y competente, debía vestirse de manera formal, por ejemplo, con un traje.

Y aquí nace la primera pregunta que se plantean los autores de este estudio: ¿vestir de manera formal hace, efectivamente, que una persona parezca un líder prototipo?

Los autores se plantean otras cuestiones. Por ejemplo, creen que un líder que se viste de forma no convencional en una organización con una idiosincrasia concreta creará un contraste a los ojos de los empleados que resultará en mayor atención. Es decir, destacará.

Esto hará que sea percibido como alguien más carismático, y ya sabemos que el carisma es una virtud importantísima para la vida en general y los negocios en particular.

Por ello, los autores se hacen dos preguntas más: ¿si un líder se viste de forma opuesta a la cultura organizacional de la empresa, será percibido como más carismático?, y con respecto a la aprobación de los empleados, ¿la obtendrá?

Los autores realizan una serie de estudios que les ayudan a obtener respuestas que arrojan luz a estas preguntas que se plantean. Los que nos interesan son los dos primeros de estos experimentos, ya que se dedican a responder a las hipótesis que nos ocupan.

En ellos, a los individuos que participaron se les presentaron imágenes de líderes de empresas seleccionados de la lista Fortune 100. Posteriormente, sus atuendos fueron cambiando a gusto de los organizadores del estudio, y los participantes respondieron preguntas sobre las características que percibían de estas personas.

En primer lugar, se encontraron evidencias que apoyaban la idea de que la ropa del líder influencia cómo éste es percibido por sus empleados.

La primera de las preguntas planteadas por los autores también fue confirmada. Es decir, los empleados perciben a su líder como un líder prototípico si viste de manera formal y arreglada, aunque no necesariamente lo concebirían como alguien carismático o lo aprobarían. Es decir, si pensamos en un líder prototipo, la mayoría de nosotros nos imaginaríamos a una persona sentada tras una gran mesa vistiendo un traje.

Además, también se obtuvieron respuestas para las otras hipótesis: parece ser, que un líder sería considerado más carismático por sus empleados y, por tanto, obtendría una mayor aprobación, cuando se visten de manera informal en el contexto de una empresa con una cultura orientada al control, y cuando se visten de manera formal en una empresa con una cultura orientada a la flexibilidad.

Es decir, cuando en una empresa cuya idiosincrasia está orientada al control con un código de vestimenta formal, podemos percibir a alguien que viste informal como un ignorante. Y en una empresa con una cultura orientada a la flexibilidad y un código de vestimenta informal, es posible que consideremos intolerante o cerrado a alguien que se viste de manera formal.

Pero a pesar de estos prejuicios, estas personas que van a contracorriente comunicarían no sentir miedo de perder su posición en la empresa; nos dirían con su aspecto que se pueden permitir los costes sociales de desviarse de la norma. Es un mensaje similar al que emitimos cuando nos compramos ropa o accesorios de lujo: nos distinguimos del resto. Estas personas se atreverían a hacer lo que otros no se atreven, y actuando de esta forma serían el centro de atención.

Esto funcionaría como una señal de carisma, porque indicaría la presencia de una habilidad extraordinaria en estas personas que les permitiría desviarse del código de vestimenta impuesto.

Entre las limitaciones que existen en este estudio, los autores señalan la necesidad de explorar otros aspectos no verbales, como la proyección vocal o las expresiones faciales, en el contexto del liderazgo empresarial. Otra limitación sería la inexistencia de mujeres líderes en la lista Fortune 100, utilizada para la realización de los estudios.

Los autores señalan la utilidad de estos estudios para sacar más provecho a la capacidad de liderazgo de las personas al mando de una organización y mejorar cómo son percibidos por sus empleados.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “The Influence of Face Gaze by Physicians on Patient Trust: an Observational Study” de Jongerius, C.; Twisk, J. W. R.; Romijn, J. A.; Callemein, T.; Goedemé, T.; Smets, E. M. A. y Hillen, M. A. (2021), en el que los autores se preguntan si el hecho de que el médico mire a la cara al paciente influye positiva o negativamente en la confianza para con este.  

La mirada es un elemento muy importante en la comunicación no verbal. Entre otras cosas, sirve para transmitir información sobre cómo nos sentimos, si estamos prestando atención a lo que nos cuentan, e incluso la utilizamos para dirigir de forma directa una conversación.

Si la consideramos tan importante en las relaciones con los demás, tanto lo será también en la consulta del médico, que no deja de ser un encuentro social.

Por ejemplo, se sabe que los pacientes siguen la mirada de los médicos cuando éstos consultan el ordenador. Además, la mirada del médico hacia el paciente parece promover un mayor compromiso del paciente para tomar su medicación.

Por lo contrario, se ha relacionado una reducción de la confianza hacia el médico con el hecho de que este no mire directamente al paciente.

¿Por qué es importante dedicar investigaciones a este tema?

Principalmente, porque cada vez es más común la utilización de la tecnología como método para sustituir encuentros presenciales, incluso las consultas médicas. Y si los medios electrónicos reducen el contacto visual entre médico y paciente, se plantea la posibilidad de que haya efectos negativos sobre la relación de confianza entre ambos.

Pero, además, aparece otra cuestión. En los últimos años se ha observado un aumento de trastornos mentales, tales como la depresión y la ansiedad. Por ello, a los autores les interesa dar unas pinceladas sobre cómo el contacto visual entre médico y paciente afectaría a personas con ansiedad social, que ocupa el puesto de la tercera enfermedad mental más común.

Para estudiar los efectos de la mirada a la cara médico-paciente, los autores llevaron a cabo un estudio en el que 16 médicos pasaron consulta a un centenar de personas. Estos médicos llevaban unas gafas especialmente preparadas para medir los movimientos de sus ojos, así como la dirección a la que apuntan.

Después de la consulta, los pacientes realizaron una serie de cuestionaros para medir la confianza en el médico y el nivel de empatía percibido. También se les hizo un test para saber si sufrían de ansiedad social o no. Además, tanto antes como después de la consulta se les pasó un último cuestionario para medir sus niveles de angustia y comprobar si habían mejorado o empeorado tras el encuentro con el médico.

Los resultados, sorprendentemente, fueron lo opuesto de lo esperado.

En el experimento realizado, cuanta más mirada del médico a la cara del paciente hay, menor es la confianza de este último hacia él.

Además, no se encuentra una relación entre la mirada del médico a la cara del paciente y la percepción que tiene el paciente sobre la empatía del médico. Lo mismo ocurriría para la variable de la angustia sentida por el paciente antes y después de la consulta.

Parece ser que la ansiedad social no es un factor lo suficientemente relevante como para arrojar información significativa al estudio, pero los autores señalan que los pacientes no obtuvieron resultados muy altos en el cuestionario de ansiedad social, por lo que es posible que se deba investigar más a fondo en pacientes con este trastorno diagnosticado.

A los autores les resultan chocantes estos resultados, al igual que a la mayoría de nosotros. En la creencia popular, está presente la idea de que cuando un médico mira a la cara su paciente se estrecha el vínculo entre ambos y la relación es mejor.

Y así lo confirmaban investigaciones previas. Sin embargo, estos estudios medían las miradas utilizando metodologías menos objetivas, como la simple observación de grabaciones.

Una de las hipótesis que lanzan los autores para explicar estos resultados, es el llamado “efecto del contacto visual”.

Es decir, que cuando nos sentimos observados aparecen respuestas neuroconductuales y de procesamiento cognitivo. Por ejemplo, una mayor autoconciencia corporal y dificultad para realizar tareas cognitivas. Dicho de otra manera, cuando nos damos cuenta de que el médico nos mira, aparece un cierto nivel de estrés que podría reducir la confianza puesta en él si nos sentimos demasiado observados.

En el estudio existen limitaciones, como la ya mencionada sobre la ansiedad social. Otra sería la posibilidad de que los resultados estén sesgados porque los médicos eran conscientes de que estaban siendo observados. También se debe mencionar que los autores no midieron los movimientos de los ojos de los pacientes para no condicionarlos. Sin embargo, es posible que se deban medir en futuros experimentos, ya que las miradas en una conversación dependen de todas las personas que intervienen en ella.

Los resultados de este experimento van en contra de la opinión general tanto de la sociedad en general como de la comunidad científica en particular, que creía que la mirada del médico hacia el paciente era, sin duda, beneficiosa para este último y para mejorar la relación y la confianza entre ambos.

Sin embargo, los autores señalan la necesidad de ahondar en esta cuestión realizando estudios que subsanen las limitaciones mencionadas en el suyo, y así se puedan utilizar las conclusiones para mejorar la relación entre médico y paciente.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Intrapersonal Behavioral Coordination and Expressive Accuracy During First Impressions” de Latif, N.; Human, L. J.; Capozzi, F. y Ristic, J. (2021), en el que se analiza si la variabilidad en la coordinación de nuestros movimientos de cabeza y cuerpo, está relacionada con la precisión con la que nuestra personalidad es percibida por los demás.

Si hay algo que nos preocupa en las interacciones sociales, es sin duda la primera impresión. ¿Cómo nos ven los demás? ¿Estaremos transmitiendo cómo somos de verdad o, por lo contrario, una imagen errónea alterada por los nervios?

A lo largo de la historia del estudio del comportamiento no verbal se han investigado numerosos aspectos para entender la personalidad de los demás en función de cómo se expresan. Por ejemplo, y como ya sabemos, se ha prestado especial atención a la expresión facial, los gestos o los movimientos corporales.

Lo novedoso del estudio de estas autoras, es que eligen un aspecto muy concreto (la variabilidad en la coordinación de los movimientos de cabeza y cuerpo) e intentan buscar si existe una relación entre éste y la exactitud con la que los demás perciben nuestra personalidad en los primeros encuentros (es decir, las famosas primeras impresiones).

Pero, ¿por qué este tema?

Sencillamente, porque los movimientos de cabeza y cuerpo juegan un papel muy importante en la interacción social. Por ejemplo, los utilizamos para transmitir interés o desinterés en una conversación, para señalar que estamos escuchando, que nos queremos ir… y para una infinidad de propósitos, tal y como hemos visto a lo largo de los artículos del Club.

Debido a la importancia de estos movimientos, y al interés por realizar un estudio de un aspecto muy concreto de la conducta humana, las autoras decidieron investigar si existe relación entre los cambios en la coordinación de los movimientos de la cabeza y el cuerpo, y cómo somos percibidos por los demás.

Para ello, realizaron un experimento que consistió en reunir a un total de 105 voluntarios mayores de edad (el grupo observado) y, por otro lado, a otros 94 (el grupo observador).

El grupo observado realizó un test de personalidad y, además, se preguntó a allegados de cada uno de los individuos sobre la personalidad de éstos para contrastar la información y consolidar así un perfil de personalidad. Además, a cada uno de los miembros del grupo observado se le realizó una entrevista grabada en vídeo, para observar su comportamiento no verbal en el transcurso de ésta.

Por su parte, el grupo observador, se dedicó a visualizar la entrevista y rellenar, para cada uno de los individuos observados, el mismo test de personalidad que previamente habían respondido éstos.

Los resultados fueron claros: aquellas personas que, durante la entrevista mostraron una gran variabilidad en la coordinación de los movimientos de cabeza y cuerpo, fueron percibidos (según el perfil de personalidad obtenido al principio del experimento) con más precisión, que aquellos con una baja variabilidad.

Además, se observó una relación entre expresar una mayor variabilidad en la coordinación de los movimientos de cabeza y cuerpo y ser percibidos como individuos con más habilidades sociales.

Otro dato importante del estudio, es que la variabilidad de estos movimientos parece relacionarse con aspectos de la personalidad que son fácilmente observables, como si somos extrovertidos, enérgicos o agradables. En contraste, los aspectos difícilmente observables, como estar deprimido, triste, o ser una persona rencorosa, no parecen estar tan relacionados.

Por otro lado, cuando la variabilidad de coordinación en los movimientos de cabeza y cuerpo es baja, parece ser que los demás no detectan nuestra personalidad con tanta facilidad.

Pero, ¿por qué la variabilidad de la coordinación de los movimientos de cabeza y cuerpo parece promover positivamente que nuestra personalidad sea percibida con precisión por los demás?

En primer lugar, es posible que, cuanto mayor sea esta variabilidad, estos cambios en los movimientos de la cabeza y el cuerpo cuando nos relacionamos con las personas, demos más pistas sobre nuestra personalidad.

Por ejemplo, si movemos mucho la cabeza y las manos cuando hablamos de algo y unos momentos más tarde no, seguramente el tema del que estábamos hablando cuando nuestros movimientos eran más exagerados nos resultaba más interesante o era más importante para nosotros. De esta forma, estamos dando una pista a nuestro interlocutor.

En segundo lugar, la variabilidad de la coordinación de los movimientos afecta a la atención de nuestro interlocutor. Es decir, estos cambios mantienen “enganchado” al individuo con el que hablamos, ocurriendo lo contrario si nuestra variabilidad es baja. Por ello, cuando la variabilidad es alta, la persona con la que hablamos captaría antes rasgos de nuestra personalidad, simplemente porque está más atenta.

A pesar de que los resultados del estudio y las conclusiones son, en principio, sólidas, las autoras mencionan la importancia de seguir ahondando en este campo, de obtener réplicas o correcciones de su análisis, para evolucionar y obtener, si fuese posible, respuestas cada vez más certeras para cuestiones tan complejas.

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