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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Gender Biases in Estimation of Others’ Pain”, de Zang, L.; Reynolds Losin, E. A.; Ashar, Y. K.; Koban, L. y Wager, T. D. (2021), donde los autores realizan dos experimentos para saber si las mujeres sienten o expresan más dolor que los hombres o es al contrario. 

La estimación precisa del dolor de los demás a partir de señales no verbales es un aspecto esencial de la comunicación interpersonal, ya que es la base de la empatía y los cuidados. 

Reconocer el dolor de los demás es una habilidad interpersonal cada vez más valiosa, tanto para los médicos como para el resto de la población. 

Aunque el dolor se suele evaluar a través de autoinformes, el reconocimiento de las expresiones faciales de dolor es una parte muy importante de la evaluación. 

Como las expresiones de dolor son comportamientos comunicativos, las interpretaciones de los observadores de esas expresiones son un aspecto crucial de la comunicación del dolor. Estas interpretaciones se ven afectadas no sólo por las características de las expresiones de dolor, sino también por el conocimiento del observador y los sesgos que tenga sobre el dolor y las características de quienes lo padecen. 

Por ejemplo, varios estudios han probado que es más probable que se recomiende tratamiento psicológico para las mujeres que sufren una dolencia más que para los hombres, a los que se les recetan analgésicos. Por tanto, las pacientes femeninas tardan más tiempo en recibir medicación analgésica. Sin embargo, es importante señalar que existen otros estudios sobre los sesgos sexuales en el tratamiento del dolor que muestran el patrón opuesto, o ninguna diferencia sexual significativa. 

A pesar de las evidencias clínicas de subestimación y tratamiento insuficiente del dolor en las pacientes femeninas, los hallazgos de laboratorio sobre los sesgos sexuales han sido inconsistentes y de hecho, en algunos estudios se ha determinado que las mujeres sienten más dolor que los hombres, teniendo en cuenta sus expresiones faciales. 

Es decir, parece que una gran parte de los resultados en la evaluación del dolor la deciden las expresiones faciales. Por tanto, controlar las medidas objetivas de la expresividad facial en general y del dolor en particular, es un paso importante para aislar el sesgo del perceptor. 

En este contexto también existen estereotipos de género relacionados con el dolor, por ejemplo, que las mujeres se quejan más que los hombres y no informan de forma precisa de su dolor, o que los hombres son más sensatos y cuando se quejan de su dolor, es real. Estas creencias afectarían a la evaluación del dolor y su tratamiento. 

Para profundizar en el tema, los autores realizaron dos experimentos. Primero, compararon las diferencias en la estimación del dolor en hombres y mujeres, controlando que haya el mismo nivel de expresividad facial y también controlando el dolor autoinformado por los pacientes. Esto es necesario porque la cantidad de dolor que experimentan los pacientes es muy variable, también porque la respuesta facial al dolor es una de las señales más destacadas que utilizamos para estimar el dolor, y por último, porque la expresividad de los pacientes puede afectar a las estimaciones del observador a través de la empatía. 

Para el experimento 1, participaron 50 voluntarios que tuvieron que ver una serie de videos de rostros de personas que experimentaban algún dolor. Cada vídeo fue codificado a través del sistema FACS, y fueron especialmente relevantes las unidades de acción AU4 (descenso de las cejas), AU6 y 7 (contracción de los párpados), AU9 y 10 (contracción del elevador) y AU43 (cierre de ojos). Estas unidades de acción son representativas de la emoción del dolor.

Además, los vídeos incluían un autoinforme de los pacientes donde calificaban su propio dolor. 

El objetivo de este experimento fue probar si el sexo de los pacientes afecta a la estimación del dolor según los observadores. La hipótesis era que si no se controlaba la intensidad de las expresiones faciales, las pacientes femeninas serían percibidas como con más dolor que los pacientes masculinos. Si, por otro lado, hubiese niveles similares de expresión y dolor autoinformado, serían los pacientes masculinos los que serían percibidos como pacientes con más dolor. 

Los resultados no respaldaron las hipótesis. No se percibió que los pacientes masculinos y femeninos tuvieran diferentes grados de dolor antes de controlar el dolor, la expresividad facial y el dolor autoinformado del paciente. Sin embargo, se percibió que las pacientes femeninas tenían menos dolor que los pacientes masculinos cuando sí se controlaban las expresiones faciales y los autoinformes. 

El segundo experimento fue muy similar, salvo que se añadieron unos cuestionarios de opinión sobre el tratamiento para el dolor y los estereotipos de género. 

En general, se subestimó el dolor de las mujeres en relación con el dolor autoinformado, mientras que sobreestimaron el de los hombres. Además, las pacientes femeninas, según los observadores, se beneficiarían más de la psicoterapia que los pacientes masculinos. 

La subestimación del dolor y la psicologización en el tratamiento del dolor de las mujeres podría tener efectos secundarios muy negativos en su salud. Por tanto, se debe tener en cuenta la existencia de estos estereotipos y actuar en consecuencia, para que tanto hombres como mujeres reciban el tratamiento que necesitan y su salud no se vea perjudicada. 

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Communication training is inadequate: the role of deception, non-verbal communication and cultural proficiency” de Baugh, A. D.; Vanderbilt, A. A. y Baugh, R. F. (2020), en el que los autores explican por qué consideran que es necesario mejorar el entrenamiento comunicativo en el contexto de la medicina. 

El artículo de esta semana parte de la pregunta de: ¿estamos entrenando bien a nuestros médicos para que la comunicación sea efectiva con todo tipo de paciente? 

Los sistemas de salud de todas las sociedades tienen interés en mejorar la capacidad de sus médicos para dar una atención competente a todos los usuarios del sistema, sin importar cuál sea su cultura. 

Las Naciones Unidas han reconocido que se deben abordar las desigualdades a las que se enfrentan las poblaciones marginadas y ha incluido el asunto en su agenda. 

Más del 20% de las personas desplazadas o pertenecientes a colectivos marginados afirman haber renunciado a buscar atención médica por completo, debido a las dificultades que encontraron en el camino y a malas experiencias previas, lo que demuestra la importancia de una atención culturalmente sensible. Además, identificaron el racismo como una de las principales causas de insatisfacción.

Lo que los autores defienden, teniendo todo esto en cuenta, es que los fallos en la comunicación son lo que subyace a estos problemas, y tienen sus raíces en la demografía cambiante y heterogénea de la cultura actual y las actitudes de los médicos. Además, consideran que la comunicación intercultural efectiva nace del conocimiento de las diferencias culturales y de un deseo genuino de comunicarse de forma activa y correcta.

Para ello, es importante tener en cuenta que la socialización durante la infancia imparte valores y tendencias sociales que arraigan en nosotros y guían nuestro comportamiento en la vida, a pesar de la educación, las experiencias posteriores, etcétera. 

Los estudiantes de medicina a menudo carecen de exposición intercultural, debido a la tendencia a la autosegregación residencial, económica y cultural. En ausencia de esto, predomina la tendencia a privilegiar la propia y se presagia un efecto negativo en las actitudes interculturales cuando se exponen a la diversidad. Y la creciente desigualdad sólo emporará la situación. 

La comunicación, un pilar fundamental de la interacción social humana, y por tanto también para la práctica de la medicina, requiere de la alineación y sincronización del hablante y el oyente. 

La comunicación efectiva entre dos personas requiere la superposición de señales verbales y no verbales, que pueden ser, en ocasiones, culturalmente específicas. 

La sanidad debe aspirar a algo más alto: la creación de una realidad compartida entre el médico y el paciente

Las influencias culturales surgen a raíz de muchos factores: el origen étnico, la religión, la edad, el estatus socioeconómico, o el nivel educativo entre otros. 

Tanto la aspiración a una realidad compartida, como las complejidades inherentes a la práctica de la medicina y las influencias culturales, hacen que confiar únicamente en señales verbales o no verbales sea una estrategia poco exitosa, sino que ambas son necesarias. 

Por ejemplo, debido a que la mayor parte de la comunicación no verbal es inconsciente, se pueden usar de forma predeterminada señales que quizá no sean las adecuadas y, por tanto, frustrar los intentos de mejorar la comunicación. 

También está el punto de que, los daños en las relaciones médico-paciente también se relacionan con la capacidad del paciente para percibir una comunicación deshonesta. 

El comportamiento o la comunicación no verbal incongruente es lo que subyace a la mayoría de la detección de mentiras. Por ejemplo, existen diferencias detectables a partir de la activación o no de ciertos músculos del rostro para saber si una sonrisa es falsa o es genuina (la llamada “sonrisa de Duchenne”). 

Los pacientes aprecian las incongruencias no verbales de los médicos y las pueden entender como señales de deshonestidad. 

Además, los encuentros médicos representan situaciones tensas o de riesgo, que hacen más probable la detección de falta de sinceridad. 

Para remediar todo esto, se ha visto que los estudiantes adquieren fluidez cultural de forma más lenta cuando se hace en pequeñas dosis, por ejemplo, en encuentros médicos; mientras que ocurre lo contrario si pasan un tiempo inmersos en una cultura diferente. Además, cuanto mayor y más extensa sea la exposición previa y la interacción con otra cultura, menores serán los sesgos inconscientes. 

Hay algunas escuelas que imparten cursos de lenguaje médico, reconociendo la relación del lenguaje y la cultura, sin embargo, tienen una accesibilidad limitada y sería muy positivo facilitarla más. 

Se debe entrenar a las escuelas de medicina para rediseñar la capacitación en comunicación, de manera que los estudiantes sean más conscientes de estas debilidades y se busque cómo cambiarlas.

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Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “The Influence of Face Gaze by Physicians on Patient Trust: an Observational Study” de Jongerius, C.; Twisk, J. W. R.; Romijn, J. A.; Callemein, T.; Goedemé, T.; Smets, E. M. A. y Hillen, M. A. (2021), en el que los autores se preguntan si el hecho de que el médico mire a la cara al paciente influye positiva o negativamente en la confianza para con este.  

La mirada es un elemento muy importante en la comunicación no verbal. Entre otras cosas, sirve para transmitir información sobre cómo nos sentimos, si estamos prestando atención a lo que nos cuentan, e incluso la utilizamos para dirigir de forma directa una conversación.

Si la consideramos tan importante en las relaciones con los demás, tanto lo será también en la consulta del médico, que no deja de ser un encuentro social.

Por ejemplo, se sabe que los pacientes siguen la mirada de los médicos cuando éstos consultan el ordenador. Además, la mirada del médico hacia el paciente parece promover un mayor compromiso del paciente para tomar su medicación.

Por lo contrario, se ha relacionado una reducción de la confianza hacia el médico con el hecho de que este no mire directamente al paciente.

¿Por qué es importante dedicar investigaciones a este tema?

Principalmente, porque cada vez es más común la utilización de la tecnología como método para sustituir encuentros presenciales, incluso las consultas médicas. Y si los medios electrónicos reducen el contacto visual entre médico y paciente, se plantea la posibilidad de que haya efectos negativos sobre la relación de confianza entre ambos.

Pero, además, aparece otra cuestión. En los últimos años se ha observado un aumento de trastornos mentales, tales como la depresión y la ansiedad. Por ello, a los autores les interesa dar unas pinceladas sobre cómo el contacto visual entre médico y paciente afectaría a personas con ansiedad social, que ocupa el puesto de la tercera enfermedad mental más común.

Para estudiar los efectos de la mirada a la cara médico-paciente, los autores llevaron a cabo un estudio en el que 16 médicos pasaron consulta a un centenar de personas. Estos médicos llevaban unas gafas especialmente preparadas para medir los movimientos de sus ojos, así como la dirección a la que apuntan.

Después de la consulta, los pacientes realizaron una serie de cuestionaros para medir la confianza en el médico y el nivel de empatía percibido. También se les hizo un test para saber si sufrían de ansiedad social o no. Además, tanto antes como después de la consulta se les pasó un último cuestionario para medir sus niveles de angustia y comprobar si habían mejorado o empeorado tras el encuentro con el médico.

Los resultados, sorprendentemente, fueron lo opuesto de lo esperado.

En el experimento realizado, cuanta más mirada del médico a la cara del paciente hay, menor es la confianza de este último hacia él.

Además, no se encuentra una relación entre la mirada del médico a la cara del paciente y la percepción que tiene el paciente sobre la empatía del médico. Lo mismo ocurriría para la variable de la angustia sentida por el paciente antes y después de la consulta.

Parece ser que la ansiedad social no es un factor lo suficientemente relevante como para arrojar información significativa al estudio, pero los autores señalan que los pacientes no obtuvieron resultados muy altos en el cuestionario de ansiedad social, por lo que es posible que se deba investigar más a fondo en pacientes con este trastorno diagnosticado.

A los autores les resultan chocantes estos resultados, al igual que a la mayoría de nosotros. En la creencia popular, está presente la idea de que cuando un médico mira a la cara su paciente se estrecha el vínculo entre ambos y la relación es mejor.

Y así lo confirmaban investigaciones previas. Sin embargo, estos estudios medían las miradas utilizando metodologías menos objetivas, como la simple observación de grabaciones.

Una de las hipótesis que lanzan los autores para explicar estos resultados, es el llamado “efecto del contacto visual”.

Es decir, que cuando nos sentimos observados aparecen respuestas neuroconductuales y de procesamiento cognitivo. Por ejemplo, una mayor autoconciencia corporal y dificultad para realizar tareas cognitivas. Dicho de otra manera, cuando nos damos cuenta de que el médico nos mira, aparece un cierto nivel de estrés que podría reducir la confianza puesta en él si nos sentimos demasiado observados.

En el estudio existen limitaciones, como la ya mencionada sobre la ansiedad social. Otra sería la posibilidad de que los resultados estén sesgados porque los médicos eran conscientes de que estaban siendo observados. También se debe mencionar que los autores no midieron los movimientos de los ojos de los pacientes para no condicionarlos. Sin embargo, es posible que se deban medir en futuros experimentos, ya que las miradas en una conversación dependen de todas las personas que intervienen en ella.

Los resultados de este experimento van en contra de la opinión general tanto de la sociedad en general como de la comunidad científica en particular, que creía que la mirada del médico hacia el paciente era, sin duda, beneficiosa para este último y para mejorar la relación y la confianza entre ambos.

Sin embargo, los autores señalan la necesidad de ahondar en esta cuestión realizando estudios que subsanen las limitaciones mencionadas en el suyo, y así se puedan utilizar las conclusiones para mejorar la relación entre médico y paciente.

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